Huéspedes Infiltrados: Parásitos Astrales en Nuestro Cuerpo Energético
- Jules Henry Rivers

- 7 days ago
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Una investigación sobre como entidades invisibles y complejos psíquicos sabotean nuestro espacio psicoespiritual.

“… y Jesús dijo: Si haces salir lo que está dentro de ti, lo que hagas salir te salvará. Si no haces salir lo que está dentro de ti, eso que no saques te destruirá.”– Evangelio de Tomás, Rollos de Nag Hammadi (1947)
En los últimos años, he consagrado una parte esencial de mi vida al estudio vivencial y espiritual de los llamados parásitos astrales. No desde la comodidad de la teoría, sino a través de la experiencia directa: removiendo los míos propios, uno a uno, en estados de conciencia profundamente alterados por dosis heroicas de psilocibina, guiado por técnicas somáticas de extracción para liberar energías densas, enquistadas en mi propio cuerpo.
Esta travesía interior no ha sido fácil ni cómoda, pero me ha ofrecido una visión transformadora de las fuerzas invisibles que influyen en la psique y el destino de las personas, mucho más de lo que solemos admitir. Lo que al principio parecía un territorio delirante o simbólico, fue revelándose como una cartografía precisa del sufrimiento humano, una región oculta donde ciertas energías se adhieren, se alimentan y a veces gobiernan partes de nuestra psique sin que lo notemos.
Considero oportuno y necesario compartir lo aprendido, arrojando luz sobre un tema que por siglos ha sido malinterpretado o directamente demonizado. Mi intención no es imponer una verdad, sino ofrecer un puente: entre la oscuridad simbólica de las tradiciones esotéricas y la claridad analítica de la psicología moderna. Porque comprender estas entidades, reales o internas, es, en última instancia, un acto de autoliberación.
Evolución Histórica
En el ámbito del esoterismo, existe una antigua y ampliamente documentada creencia en la existencia de entidades conocidas como parásitos astrales. Se trata de formaciones sutiles o energías que, según distintos casos, pueden adherirse al aura o a la psique humana, alimentándose de su vitalidad. Su influencia puede manifestarse a través de síntomas que van desde un cansancio inexplicable hasta miedos intensos y diversos trastornos emocionales.
A lo largo de la historia, estos parásitos han sido interpretados de múltiples formas: como espíritus malignos atrapados en planos bajos, como productos de rituales oscuros, seres de otras dimensiones o incluso como proyecciones generadas por nuestros propios pensamientos y emociones negativas.
Las primeras referencias a estas entidades provienen de tradiciones filosóficas y religiosas de la antigüedad. En Occidente, las menciones más tempranas surgen de las corrientes esotéricas helenísticas, como el neoplatonismo y el hermetismo, que desarrollaron una compleja cosmología de planos sutiles habitados por inteligencias e influencias invisibles.
Los seguidores de Hermes Trismegisto hablaban de un plano astral intermedio, poblado por fuerzas que podían actuar tanto para el bien como para el mal. En los textos herméticos y gnósticos se menciona a demonios o arcontes que obstaculizan el ascenso del alma y se alimentan de sus emociones más densas. Si bien los gnósticos antiguos no utilizaban el término “parásito astral”, concebían a los arcontes como entidades cósmicas de naturaleza parasitaria, lo cual puede considerarse uno de los antecedentes más antiguos del concepto moderno.
El origen del término "parásito astral" como tal se remonta a los primeros siglos de la era cristiana. En un contexto más vinculado con la magia, el filósofo neoplatónico Porfirio (233–305 d.C.) advertía que ciertas almas impuras, tras la muerte, quedaban atrapadas en el plano material, y podían adherirse a los vivos causando perturbaciones o alimentándose de su energía vital.
También el escritor romano Apuleyo (125–170 d.C.) habló de seres espirituales condenados a vagar por el mundo, provocando enfermedades mentales y maleficios. En sus textos los llamó larvae, palabra latina que significa literalmente “espíritu parásito”.

Esta noción arraigó profundamente en el pensamiento romano y fue retomada siglos después por Paracelso (1493–1541), médico y alquimista que revolucionó la medicina medieval. Paracelso sostenía que toda dolencia del cuerpo o del alma tenía su origen en el plano astral. En sus escritos sobre enfermedades invisibles, clasificó estas influencias en distintas categorías, entre ellas los íncubos y súcubos. Afirmaba que los vicios humanos podían generar las “semillas” de estas entidades, que al desarrollarse se alimentaban de la vitalidad del individuo. Para él, los defectos del alma no solo atraían a estos parásitos, sino que podían ser la causa misma de su aparición.
La tradición alquímica continuó esta visión simbólica heredada de Paracelso, desarrollando la idea de que ciertas entidades elementales debían ser transmutadas o eliminadas como parte del proceso de la Gran Obra interna.
Estas ideas terminaron por consolidar una de las nociones más persistentes del ocultismo occidental: la existencia de un ecosistema invisible, más allá del velo material, donde habitan fuerzas parasitarias o demoníacas que se nutren de las energías negativas de los seres humanos.
Corrientes esotéricas posteriores, como el Rosacrucismo, también adoptaron estas ideas. Los manifiestos rosacruces y otros textos herméticos de la época, aunque envueltos en un lenguaje alegórico, retomaron la idea de que la ignorancia y la materia bruta engendran formas sutiles perjudiciales para el alma.
El sabio y místico sueco Emanuel Swedenborg (1688–1772), en su obra Heaven and Hell, describió cómo, en sus visiones, percibía espíritus inferiores adheridos a personas vivas, incitándolas al vicio y al mal, y alimentándose de la miseria que ellos mismos contribuían a generar.
El célebre Franz Mesmer (1734–1815), junto con los primeros mesmeristas e hipnotistas, relató cómo durante los trances hipnóticos podían manifestarse entidades oportunistas que se adherían al médium, aprovechando su estado alterado de conciencia.
A partir de allí, ocultistas e investigadores psíquicos como Éliphas Lévi (1810–1875) y Helena Blavatsky (1831–1891) comenzaron a abordar abiertamente el fenómeno de los parásitos astrales desde una perspectiva esotérica y, en ciertos casos, pseudocientífica.
Lévi, por ejemplo, reformuló conceptos claves como la luz astral y los planos intermedios de la realidad. De manera innovadora, insinuó que el origen de muchos parásitos no era necesariamente externo, sino que podían generarse a partir de los pensamientos y pasiones humanas de baja vibración. Según su visión, cuando estas energías se acumulan, cobran una forma propia en el plano astral, actuando como verdaderos entes parasitarios. Para Lévi, el trabajo alquímico interno era la vía más efectiva para enfrentar y someter estas formas invisibles.
El hipnotista francés Gérard Encausse (1865–1916), más conocido como Papus, llevó a cabo experimentos en París con personas que sufrían trastornos psíquicos. En estos estudios empleaba clarividentes para detectar y desprender entidades astrales adheridas a sus pacientes. Afirmaba haber logrado exorcizar parásitos con resultados notables. Para Papus, estas entidades eran reales, aunque invisibles, y podían diagnosticarse y eliminarse mediante técnicas psíquicas precisas.
Paralelamente, Helena Blavatsky y la Sociedad Teosófica incorporaron la noción de parásitos astrales dentro de una cosmología aún más vasta. En sus escritos, Blavatsky describió a estas entidades como residuos astrales de seres humanos que, durante su vida, rechazaron la luz espiritual y murieron sumidos en la materia. El parásito astral sería, en esta visión, la sombra o eco residual de un alma que se ha perdido. Estas entidades estarían relacionadas con los llamados “espíritus terrestres” o, en términos cabalísticos, con los Qlippoth, fuerzas espirituales malignas también conocidas como "cáscaras vacías" del Árbol de la Muerte.
Según esta tradición, tras la muerte, la parte inferior del alma, la más densa y ligada al mundo físico, se disuelve gradualmente. Sin embargo, en individuos excesivamente materialistas o perversos, esta porción del cuerpo astral puede persistir largo tiempo, llegando incluso a tener una existencia semiautónoma como un cascarón errante antes de su eventual disolución.
Blavatsky sostenía que estas entidades carecen de verdadera conciencia, pero poseen la astucia suficiente para adherirse a médiums y personas sensibles al plano astral, alimentándose de su energía vital. En síntesis, la teosofía consideraba a los parásitos astrales como residuos psíquicos de almas humanas no desarrolladas espiritualmente, condenadas temporalmente a vagar y a prolongar su existencia mediante el vampirismo energético.
En el libro Thought-Forms, publicado en 1905 por los teósofos Annie Besant (1847–1933) y Charles Leadbeater (1854–1934), se describe cómo las emociones intensas pueden generar formas visibles para la clarividencia, muchas de ellas con apariencia grotesca. En otro de sus libros, Leadbeater clasificó a los parásitos astrales como "descomponedores necesarios", es decir, entidades que devoran materia astral muerta y residuos energéticos, cumpliendo un rol de reciclaje en el plano sutil. No obstante, para los seres humanos, su presencia es vivida como nociva.
Ya entrado el siglo XX, la noción de parásitos astrales se encontraba firmemente establecida en la literatura ocultista. Se les concebía ya fuera como las sombras de las almas corrompidas, o como engendros generados por nuestros propios vicios, pero siempre como entidades que buscan alimentarse de la energía psíquica humana.
Besant, por su parte, describía a los parásitos como vórtices de materia sutil que adoptan forma según las ideas y emociones que los originan. La idea central detrás de este enfoque es que pensar y sentir equivale a crear: toda emoción intensa proyecta una forma en el astral que puede llegar a perdurar e incluso volverse semiconsciente si posee suficiente carga energética.
El Paradigma Queda Establecido
En términos generales, tanto ocultistas como espiritistas y teósofos han sostenido que toda energía mental tiende a manifestarse en el plano astral. Pensamientos repetitivos de odio, miedo o deseo pueden condensarse en formas energéticas que adquieren autonomía progresiva. Estas formas, al adherirse al aura del individuo, tienden a fomentar los mismos impulsos que les dieron origen, alimentándose de ellos y reforzando su existencia, en un ciclo que se auto perpetúa.
Muchos ocultistas sostienen que una maldición de magia negra puede entenderse como una forma de pensamiento negativo condensado y proyectado intencionalmente para operar como parásito sobre el campo energético de la víctima. Del mismo modo, se cree que rituales oscuros repetidos a lo largo de generaciones han dado lugar a verdaderos enjambres de parásitos astrales, especializados en determinadas frecuencias de energía negativa. Prácticas como la magia negra, los sacrificios, y actos colectivos de crueldad, como guerras, genocidios o persecuciones, habrían engendrado entidades poderosas y longevas que aún persisten y se regeneran, alimentadas por los mismos patrones que las vieron nacer. Estas entidades, además, perpetúan y promueven las mismas tradiciones oscuras que les dieron origen, incentivando así su propia supervivencia.

Numerosos investigadores coinciden en que algunos síntomas que podrían indicar la presencia de un parásito astral incluyen el cansancio crónico sin causa médica, sensación de pesadez energética, cambios bruscos de humor, tristeza profunda, pensamientos obsesivos, e incluso fenómenos inusuales en el entorno físico.
Uno de los aspectos más característicos de estas entidades es su particular modo de alimentación: según diversas tradiciones, un parásito astral solo puede nutrirse de la misma energía que le dio origen. Si fue engendrado por la ira, intentará provocar estallidos de furia en su huésped para absorber esa vibración. Si se originó en la lujuria, estimulará fantasías y conductas compulsivas para alimentarse de la energía psíquica producida por su huésped.
Se afirma también que un parásito no puede crear un vicio desde cero, pero sí puede exacerbar cualquier inclinación latente en la persona. El problema es que casi todos llevamos dentro huellas emocionales no resueltas, traumas infantiles o creencias limitantes que pueden servir de anclaje a estas entidades.
Estas sanguijuelas psíquicas actúan con sigilo, procurando pasar desapercibidas. Si el individuo comienza a sospechar de su presencia, el parásito intentará desviar su atención, racionalizar sus conductas autodestructivas o incluso anestesiar su percepción para seguir alimentándose sin interrupciones.
Esta dinámica vampírica no es exclusiva del ocultismo: en la mística cristiana se habla de demonios tentadores que susurran al oído del pecador para inducirlo a caer, alimentándose luego de su sufrimiento. Rudolf Steiner (1861-1925), fundador de la antroposofía, advirtió sobre entidades espirituales que se nutren del miedo y la angustia humanas, afirmando que cuando las personas dejan de sentir miedo, esas criaturas mueren de inanición. Por eso, según él, estas entidades siembran deliberadamente el terror, el odio y la ansiedad para asegurar su sustento.
La ocultista británica Dion Fortune (1890-1946), en su libro Psychic Self-Defense (1930), dedicó varios capítulos al fenómeno del vampirismo psíquico, diferenciando entre vampiros encarnados, personas vivas que drenan la energía de otros, y vampiros desencarnados, equivalentes a los parásitos astrales.
Un rasgo comúnmente reportado en estos seres es su feroz instinto de supervivencia. Al iniciarse procesos de purificación como la meditación, el ayuno, el cambio de hábitos o la alquimia interna, los parásitos suelen resistirse, generando un recrudecimiento de síntomas o incluso un ataque energético. Uno de los métodos más eficaces para expulsarlos es cortarles el suministro: negarles su alimento y rehusarse a seguir alimentando sus dinámicas. Esta estrategia, comparable a un exorcismo psicológico, permite que la voluntad consciente y la luz interior del individuo terminen por desprender la sombra parasitaria.
El Paradigma se Expande
En este punto, cabe plantearse una pregunta esencial: ¿son los parásitos astrales entidades reales o representaciones simbólicas de procesos psíquicos profundos? ¿O tal vez ambas cosas, vistas desde planos distintos?
Carl Gustav Jung (1875-1961), propuso que muchos fenómenos atribuidos a espíritus o demonios pueden entenderse como expresiones del inconsciente. Lo que en otras épocas se llamaba posesión, hoy podría ser diagnosticado como neurosis, trastorno de personalidad o complejo autónomo. Jung afirmaba que los demonios no han desaparecido: simplemente han adoptado nuevas formas y lenguajes. Desde esta mirada, un parásito astral sería análogo a un complejo psicológico reprimido que ha cobrado autonomía y actúa sobre el individuo, influyendo en su conducta sin que su yo consciente lo perciba.

Si una idea, emoción o hábito domina nuestra vida al punto de hacernos actuar contra nuestros propios intereses, podemos interpretarlo como un parásito astral o como una parte inconsciente de nuestra sombra psíquica. Son dos formas de leer un mismo fenómeno. Desde la perspectiva junguiana, los parásitos astrales serían aspectos no integrados de nuestra psique: fragmentos rechazados, negados o heridos que, al no ser reconocidos, cobran vida propia y nos sabotean desde dentro.
Mientras estas energías permanezcan en la sombra, actúan como demonios interiores, drenando nuestra fuerza vital y limitando nuestro desarrollo. La psicología profunda sostiene que solo al hacer consciente lo inconsciente podemos liberarnos. Reconocer, integrar y transformar esas partes ocultas es, al fin y al cabo, el verdadero exorcismo. Aquí cobra especial fuerza la célebre frase de Jung:
"Hasta que no hagas consciente a tu inconsciente, éste dirigirá tu vida y tú lo llamarás destino."
Tal vez el misterio más profundo no sea si los parásitos astrales existen, sino por qué se aferran a nosotros con tanta fuerza. Quizás, en el fondo, no sean ajenos, sino espejos de nuestras heridas no sanadas. Entenderlos no solo es una cuestión de defensa espiritual, sino de autoconocimiento radical. Porque allí donde más nos drenan, tal vez sea precisamente donde más necesitamos sanar.





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